domingo, 5 de septiembre de 2010

"Posibles titulos para estas palabras magicas(...)"

Posibles títulos de esta palabras mágicas: “El día de mi muerte” “Zun” “Madre Tierra” “Venganza indirecta” “La profecía”
I
Algo pequeño, intimo
te quiero contar
es la historia de una de mis muertes
la única que vale la pena contar
la que más me dolió de todas
y de la que llevo cicatrices
que se bifurcan y se hacen piernas, brazos golpeándome salvajemente
Todo ocurrió un amanecer (como siempre) la muerte romántica elige la belleza de los colores del alba, para que uno nunca olvide ese amanecer tan rosado, violeta, naranja y rojo como la sangre que es vida y muerte.
Vi la impotencia que brotaba del cuerpo de mi marido, mis siete hijos solo miraban los cuencos vacios, no hablábamos, nunca hablábamos, no se necesitaban las palabras, solo en situaciones que lo ameritaban. Todo era más puro, cada uno sabía lo que debía hacer, cuando y como. Nadie enseñaba nada a nadie. El humano era más evolucionado: los hechos, un lento movimiento reemplazaban a las palabras. Nunca le dije que lo amaba, creo que no existía esa palabra. Solo siempre fui de él, desde que nací. Me violo cuando tenía doce años. Fue solo en un momento, me aleje de mi madre, cuando estábamos recogiendo grosellas salvajes. Recuerdo el ardor de mis manos, por las pinchaduras de las espinas. El bosque era tan espeso, que era de noche por dentro. Sin darme cuenta casi, el me tomo como a una criatura para acunarla. Todo sucedió; recuerdo su olor a sudor y a caballo. Sus uñas negras me lastimaron los muslos. Luego se fue. Quede tirada en la roca, solo un momento, me pare y seguí juntando grosellas, no quería recibir una surra de mi madre, por no hacer lo que debía. A los dos años, tuve mi primer sangrado, inmediatamente estuve casada con mi violador.
Comprendí, porque me había violado. Su padre le dio la noticia, desde que nacimos, los dos clanes se debían unir mediante nosotros, el tenia 16 años, no tenía experiencia en el sexo. No existía la masturbación. Entonces inmediatamente luego que se entero que iba a ser su esposa, su mujer, solo fue y me tomo, me violo, sabía que aun no era mujer, pero para él fue más puro de ese modo. Me tomo siendo una niña, y solo fue esa vez hasta que nos casamos, y solo esa vez se permitió la pasión. Luego solo tuvimos sexo como marido y mujer, nunca más volvió a besar mi boca, ni a tomarme de los muslos. Recuerdo que todas las noche, cuando mis hijos se dormían y mi marido se ponía arriba mío y me penetraba, en lo único que pensaba era en el bosque, en la dureza de la roca sobre la que me violo, en mis manos y mis muslos ensangrentados, y quería volver a ser esa niña, deseaba la boca de mi marido sobre la mía, apretándome fuertemente, deseaba que me volviera a acunar, lo deseaba silenciosamente, aunque fuera mi esposo, deseaba su pasión, y eso nunca más lo volví a tener. Me entristecía amargamente, en los segundos que tenía tiempo para pensar en ello, luego me sumergía en el trabajo, y lo olvidaba.
Siempre lo ame tanto, tanto. Lo ame, porque me había violado, y con ello me había demostrado su amor, solo él en mi vida, desde niña, ¿qué mayor muestra de amor me podría haber dado?. Luego de mil años, sigue estando en mí, lo siento todos los amaneceres, y creo olerlo, me invaden sus olores rancios, bellos. Creo ver sus ojos, asomándose entre su cara mugrosa y barbuda. Mirándome y velando por mí, detrás las rocas grises y frías que formaban nuestro hogar. Fue una hermosa vida ella, la única que vale la pena recordar, la única en la que fui amada…

El amanecer nos invadió, mi hijo daba vueltas en m vientre, tenía hambre al igual que yo. Me dolían mucho los pechos, estaban demasiado grandes para las vestiduras que traía, pero no tenia jirones para añadirle. Los últimos que me habían quedado, los use de pañales para mi anterior hijo nacido hacia ya hace un año. Ahora ya no lo usaba como pañales pero si como vestido. Todos estaban sentados y los cuencos reposaban vacios en la mesa. En ese momento supe que todos íbamos a morir de una o de otra forma, nuestra familia iba a alimentar a la tierra. Pensé en tomar los bancos y matar a mis hijos dándole golpes en la cabeza, pensé también en sumergirme en el bosque y dejarlos allí, para que los lobos los devoren…buscar alguna solución como la que había escuchado de niña, que se hacía en estos casos, cuando otras hambrunas asolaron la región.
Mi marido, seguía sentado exhalaba de sus músculos un raro y hediondo olor, además de sentirlo también lo podía ver, era como una niebla que lo envolvía. Se puso de pie. Lo seguí. Solamente llevamos con nosotros al hijo que llevaba dentro de mí. A los demás los dejamos, porque no tuvimos el valor de matarlos. Eluder, el más pequeño nos siguió llorando, no toleraba su llanto. Rompí una rama de un árbol, comencé a golpearlo con ella, con la idea que quede inconsciente en algún momento y deje de llorar, pero cuando comencé a golpearlo dejo de llorar, solo me miraba. Lo tome entre mis brazos y me lo lleve, para siempre conmigo, para que podamos morir juntos. No llore, solo camine, caminamos. Caminamos por una semana seguida, sin parar de día ni de noche. El bosque se hizo estepa y la estepa luego bosque. Caminaba inconsciente, con un hijo en mis entrañas, con otro moribundo entre mis brazos, los tres éramos solo uno. Pedíamos rogábamos a la muerte que venga de una vez, que se apiade de nosotros, que nos lleve con ella. Un amanecer nos invadió, veía destellos de fuego en el cielo, nunca volví a ver nada tan bello. Llegamos hasta donde mi marido nos llevo. Vi la cara de la muerte en aquel hombre. Mi marido comenzó a hablar con él, no sé en qué idioma, si en el nuestro, o en otro, pero yo lo comprendía muy dentro de mí. La voz de mi marido sentí que me abrazaba, sus palabras parecían música para mis oídos, en ese momento quise seguir viviendo.
Le pidió las semillas necesarias para una familia de dos adultos y ocho niños. No sé si fantaseaba con que sus descendientes abandonados seguían vivos, si lo hizo en respeto a su memoria o para que nos maten. Yo, sabía que los que abandonamos en nuestro hogar, habían muerto. Perite el mayor, los guio por el bosque, no se con que fin. Todo nuestro parentesco había abandonado el lugar, el invierno pasado, seguramente también para morir lejos. Nuestros hijos lograron sorber de cortezas de arboles tres días, al cuarto una torpeza de Perite los llevo a la muerte. Sentí en mi cuerpo la carne desgarrada de ellos. En ese momento me desplome en el suelo y abrase la tierra, la bese, devore un pedazo de ella. Antes que mi marido notara mi ausencia detrás de él, me pare y seguí, con los dos hijos que me quedaban. Ahora frente a ese hombre gigante, mi marido parecía pequeño. El hombre rio, y el olor a madera putrefacta llego hasta mí. Solo le pateo la carretilla. Vi como se tumbaban las semillas para una familia de cuatro. Mi marido agacho la cabeza para ver mejor, lo último que vería, el garrote del gigante, lo derribo. No sangro, pero murió. Me arrastro unos metros, no sé qué sucedió luego, solo sé que morí.

II
Eluder no lloraba, ya no recordaba cómo hacerlo. Encontró mi cadáver, se acuno en mí e hizo que mis brazos muertos lo abrazaran. Mis pechos rompieron las vestiduras. Eluder apoyo su mano en uno de ellos, la leche brotaba sin detenerse y mojo su cara reseca. Succiono uno de los pechos y salió aun mas leche. Se durmió un tiempo incalculable. Su cuerpo extasiado necesitaba descansar. Creo que iba a elegir morir allí, pero un temblor violento en mi vientre lo despertó. Sintió un chillido de un animal que no conocía, quiso volver a dormir, pero se encontró empapado en sangre. Algo se movía en mis vestidos, comenzó a golpear, donde veía movimiento, pero el chillido era cada vez más fuerte. Levanto mi vestido y saco a su hermano, le pareció que iba a ser su única compañía. Eluder había comprendido que yo estaba muerta, por eso deseaba morir también, pero no sabía cómo acompañarme en la muerte. Puso a su hermano entre mi cadáver y su cuerpo, el bebe se alimento de la leche que le pertenecía. En mi cadáver comenzó a crecer moho, pero la leche no dejaba de brotar. Mi cadáver comenzó a formar parte de la tierra, donde antes estaban mis pechos ahora brotaban manantiales de leche. Eluder se olvido que alguna vez existí. Ahora solo reconocía el manantial. El bebe amaba a Eluder.
No sé cuánto tiempo transcurrió, entre mi muerte y la aparición de los gigantes del lugar. Tomaron a los dos niños y los llevaron para que sirvan de ofrenda a su Dios. El hijo de Eluder, que nació de mi, los salvo de una muerte segura a los dos. En la piedra de sacrificios tomo de la mano a Eluder, y aun siendo muy pequeño para decir palabra alguna, le dijo mama. El sacerdote pensó que era una señal de su Dios, soltó las amarras de los niños, y dejo que se críen como unos mas de ellos.
III
Eluder y su hijo, que nació de mi, fueron Jefes. La profecía se hizo realidad: Dos niños, hijos de la tierra, vendrán en la sequia de los cincuenta años. El mayor hijo de la tierra y la lluvia le hará el amor a su madre tierra y tendrá con ella a su hijo. Nos quitaran nuestro Dios y nos harán adorar a su madre. Luego solo nos mataran. En nuestros cadáveres su Diosa, la madre tierra, tendrá piedad y nos devolverá a la vida en una forma inferior.
IV
Eluder crecía solo hablando con su hijo, que nació de mí y solo nuestro idioma. Comprendía el idioma de los gigantes, pero no lo practicaba. Los gigantes no los golpeaban obligándolos a que hablen su idioma porque les temían silenciosamente. Eluder siempre trabajo en la aldea de los gigantes, apenas su hijo, que nació de mi, pudo andar comenzó torpemente a imitar los trabajos de su hermano. Los gigantes los nombraban a los dos como si fueran uno, les llamaron Zun, que en su idioma quería decir huérfano.
La sequia comenzó a matar a los gigantes. La sequia, y el miedo que le tenían el resto de los pueblos. El viento les contaba que muy al sur, las lluvias mojaban las tierras. Pero, ¿Como ir hasta allí? Los lugareños al ver llegar a un gigante, seguramente los matarían. Ellos habían sido durante mucho tiempo tan autosuficientes, tan perfectos. No tenían comercio, y eran crueles, cuando contadas veces otros se le acercaron. Muy al sur, la ciudad habitada por los Niekeres, era pujante, y los superaba en número y en tecnología. Los gigantes gozaban de los viejos mitos. Si los Niekeres se lo hubieran propuesto hubieran arrasado con Congoto (la ciudad de los gigantes) hacia cientos de años.
Una mañana Zun no estaba en los campos trabajando. Los niños habían crecido fuertes y enajenados del resto. Eran una isla que se movía con cuatro brazos y cuatro piernas. El hijo de Eluder, que nació de mi, era como una extensión de Eluder, hacia lo que su madre-hermano quería siempre. Eluder, nisiquiera necesitaba darle las ordenes, su hijo, que nació de mi, sabía qué hacer cuando y como. Solo hablaban (en nuestro idioma) en las noches, cuando en un banco de los gigantes cenaban, cantaban, reían, y se permitían ser niños, solo por ese momento.
Nisiquiera los gigantes se molestaron en buscarlos. Si no estaban trabajando, se habían ido, no había más explicación y tampoco gente disponible para alcanzarlos.
Luego de un año regresaron, traían consigo unas maletas cruzadas a sus cuerpecillos de niños hombres. En ese mismo día por la noche, prendieron una fogata en el centro de la aldea. En el perfecto Tokins (idioma de los gigantes) le pidieron a Mïsuj que le trajera una mesa de una de las chozas. Desenvolvieron rollos que dejaban ver la escritura de los Niekeres. Los gigantes llamaron a estos papiros Purterios que quería decir “palabras apresadas”, pensaban que mediante algún conjuro las palabras que emanaban de los Niekeres quedaban enjauladas en esas extrañas, débiles y mágicas telas. Zun había aprendido la magia de los Niekeres y las recitaban en idioma Tokins. Zun al siguiente día no trabajo en los resecos campos, sino que simplemente daban órdenes a los gigantes.
A los 3 meses Congoto contaba con canales de riego. Zun había traído también unas semillas, que los gigantes les decían quryeres. Los Niekeres habían apresado en ellas aguas diminutas, por lo que no necesitaban tanto regadío. Con los canales y estas semillas Congoto no enterró más de sus integrantes. Zun que ya contaba con 14 y 13 años respectivamente, tomaron deliberadamente a todas las mujeres de los gigantes. Tuvieron 400 hijos.
V
Mis nietos ya no fueron más gigantes, y yo me alegre por ello. Los gigantes desaparecieron de la faz de la tierra por siempre y sus descendientes adoraban a la madre tierra, nuestra Diosa. Mis hijos vengaron mi muerte.(1)




(1) aunque nunca fue su objetivo, porque me habían olvidado, esa solo es una apreciación mía.

1 comentario:

  1. Este cuento, es algo que escribi quizas hace ya dos años. Lo utilize para varias cosas, por lo que tiene reinterpretaciones. Si a alguien les interesa se las podria enviar via e-mail.

    ResponderEliminar