El día que Evita murió
El sol se esconde y regresa, me calienta la cabeza. Aquí en los hombros de mi padre todo se siente aun mas. Al mirar para abajo, las cejas abundantes de mi padre y su nariz repignada sobresalen desde mi perspectiva. Era todo una aventura esos días de salidas familiares. No podía creer que hubiera tanto mundo, mi hogar, mi vida tan pequeña parecían una paradoja. Todos parecíamos tan felices, mi vida cotidiana parecía ajena y minúscula, seguramente toda esa cotidianidad, esa tristeza que me invadía todos los días de mi infancia no era real. Esto era real, aquí sentía el viento, el sol, y todo transcurría más rápido esta era la realidad, el resto un mal sueño.
Llega el trolebús, mi padre con un ademan inconsciente me baja de sus brazos y me cuelga de su cintura. Luego al entrar al hastiado transporte me pone contra su pecho, para que ocupen menos lugar nuestros dos cuerpos. Mi padre se va haciendo lugar, con mi madre por detrás y mis hermanos. Yo solo voy mirando la cara de mi madre haciendo gestos y suspiros que me hacían temer. Cualquier enojo de mi madre aunque no fuera conmigo me aterraban. Mi padre se agacha, presiento que para saludar a alguien luego se da vuelta y yo puedo ver a quien saluda. Unos labios rojo bermellón esconden una sonrisa gardeliana. Era mi tía Elena, el pelo rizado le cae más allá de los hombros. El guardapolvo blanco, la capa azul forrada de rojo teniéndose en un brazo, como si allí seria su lugar natural. Eso que no sé cómo se llama que usan las enfermeras en su cabeza, pienso que era una corona, una corona de reina. Esa mujer parecía una actriz de Hollywood igual a las del cine.
Ahora al ver a esta joven frente a mí, recuerdo aún más su sonrisa. Ella tiene algo, pero sin su glamour. Es su nieta. Siento que le estoy devolviendo algo que robe por mucho tiempo. Estos recuerdos son de ella, siempre lo fueron. Solo me toco vivirlos, para relatárselos. El día que llegue a mi casa, y mi hija me dijo que una tal Giselle Lapalma había llamado, que me dejo su teléfono y que la llame si quería. Ya lo sabía. Venía a buscar lo que le pertenecía. Ahora que estoy devolviendo lo que me fue encomendado me siento protagonista también. No me lo dice, tampoco pregunto, la vida le robo demasiado. Como compensación busca lo que el tiempo anacrónico dejo en diferentes personas.
Era la tía Elena, separada hace poco del tío palala. Sus ademanes seductores me conquistaron. Como lo habían hecho tiempo antes en su casa. Pocas veces nos atrevíamos a hacer ese largo viaje a Ituzaingo. De Burzaco a Ituzaingo, hacíamos tantas combinaciones de trenes colectivos, hasta llegar al fin. Lo único que recuerdo era el piso de tierra, aun hoy lo estoy mirando. Luego el sauce llorón a un costado. La casa era muy humilde, un autentico rancho que solo había visto dibujado en los panfletos de días de la tradición. Tu abuela, mi tía, parecía ajena a todo eso. No podía creer como una mujer tan hermosa podía vivir en una casa que no tenía piso. Bueno en realidad solo eso piso de tierra. Era una metáfora ese piso, existía y a la vez no. Para mí los pisos hasta ese momento solo eran de mosaicos y en su deficiencia una carpeta de material, pero nunca el piso era de tierra.
Luego al bajar del trolebús, mi madre estaba aun más enojada, ya no era una mezcla de suspiros y gestos, eran palabras contundentes a mi padre… -¡Ah! ¡Mira con quien te viniste a encontrar! Como si mi padre era un poco culpable al saludar a esa mujer promiscua, que fue capaz de cansarse de tanta pobreza dejar a mi tío y meterle los cuernos. -¡Esa clase de mujeres no debían recibir ni un saludo!
La tía Elena, iba camino también a ver el féretro de Evita, ella como enfermera de la cruz roja tenia prioridad de verla. Evita había traído la Cruz Roja a la argentina. Tu abuela seguramente para pertenecer a la Cruz Roja debería haber tenido el curso de enfermera. Ahora esa mujer que iba contra todos los cánones de la época, separada, independiente, sola en el trolebús. No iba vestida con su ropa dominguera, sino con su ropa de trabajo. Ella era enfermera de la Cruz Roja, como tal, tenia prioridad para ver el féretro. Yo la admire, la envidie, era libre. Yo no lo era, estaba atada al humor de mi madre, a sus golpes implacables. En ese momento ansié su atuendo, su maquillaje, su libertad.
Realmente no recuerdo a Evita muerta. No sé, si fue porque no llegamos a ver el féretro, o porque lo olvide. Solo la recuerdo saludando junto a Perón, la última vez que salió en público. Estábamos muy lejos pero con mi lugar privilegiado en los hombros de mi padre la vi. Llevaba un traje azul y saludaba con la mano, el general hizo un ademan con su brazo. Con los años pensaba confundir ese recuerdo con las imágenes filmadas. Salí de mi confusión, porque todas las tomas eran de cerca, en cambio, mis recuerdos de niña no respondían a ese cuadro. Evita viva si era un recuerdo que me pertenecía.
Giselle Lapalma
me encanto!!!...ya sabes, aqui me tienes para deleitarme con tu hermosa verborrea...te felicito y espero tu proxima publicacion...besotes Gise
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